Written by : Shelley Levitt

Remar el Pacífico

Seis mujeres admirables. Un bote rosado. Un océano aterrador.

La tripulación sin timonel en el Pacífico

Seis mujeres ponen a prueba su temple al cruzar el Océano Pacífico a remo superando sobre la marcha récords y preconceptos.

En medio del vasto e impredecible Océano Pacífico, las maravillas abundan. Para las mujeres del Reino Unido que pasarían nueve meses atravesando el mar a remo en una diminuta embarcación rosada de 29 pies y fabricada en fibra de carbono a la que bautizaron Doris, esas maravillas eran un verdadero bálsamo para la falta de sueño extrema, los mareos, el dolor constante de las heridas producidas por la tensión y demasiadas comidas de curry de ternera congelada.

Apenas a un remo de distancia, delfines, tortugas, ballenas y hasta un amigable tiburón al que apodaron “Eduardo”, nadaban a la par de Doris. Rodeadas por el cambiante paisaje y un horizonte marino de 360 grados “vivir el momento era algo natural,” recuerda Natalia Cohen. “A veces a la noche el agua estaba tan serena que las estrellas se podían ver reflejadas a la perfección y nos parecía estar remando por la galaxia.”

“The Coxless Crew”: la tripulación sin timonel

Las integrantes del equipo no se conocían antes de emprender esta épica travesía. Todo comenzó con Laura Penhaul de 32 años, fisioterapeuta del equipo paralímpico británico, maratonista y triatleta. Laura había estado planeando unirse a una tripulación formada sólo por mujeres que iba a remar las 2,500 millas del Océano Índico. Cuando aquel plan se desmoronó, creció su ambición por cruzar el Pacífico. Laura quería “encontrar mi propia capacidad y autodesafiarme para ver a qué podemos recurrir cuando todas las probabilidades están en tu contra.”

Natalia, de 40 años, había estado dirigiendo un alojamiento para turistas de safaris en Tanzania cuando se enteró del anuncio que Laura había publicado en un sitio web llamado “Escápate de la ciudad”. La invitación decía, “¿Eres lo suficientemente mujer para remar en el Pacífico?” Y aunque su experiencia en remo era nula, Natalia amaba el mar y era una aventurera incondicional. “Siempre opté por seguir las oportunidades que no estaban en mi zona de confort,” comenta, “porque creo que es precisamente allí donde vives las experiencias más enriquecedoras y puedes explorar el poder de tu mente y del espíritu humano.”

Emma Mitchell, de 30 años, administradora de un programa de expediciones internacionales para niños en edad escolar, fue la tercera integrante de la tripulación en cubrir toda la travesía. Una vez pasó cuatro meses en las selvas de Belice para estudiar la práctica de la medicina en lugares remotos y aprender a sobrevivir con la única ayuda de un machete. “Cuando surgió la oportunidad de remar, fue algo que sentí que no podía dejar de hacer,” recuerda. “Siempre me gustó imponerme mis propios retos y me encanta sentir esa satisfacción de haber hecho algo que me da mucho miedo.” (Otras tres tripulantes remaron un trecho del viaje cada una: Isabel Burnham, de 30 años, abogada londinense y ultramaratonista; Lizanne van Vuuren, de 26 años, osteópata, ciclista y triatleta y Meg Dyos, de 25 años, que trabaja para una agencia inmobiliaria de Londres y dirigió una expedición que ascendió el Kilimanjaro.)

Se autonombraron Coxless Crew, la tripulación sin timonel, porque habían decidido remar sin una persona que lleve el timón del bote y, deliberadamente también, sin ayuda de una embarcación de apoyo. El 25 de abril de 2015 salieron de San Francisco, debiendo regresar al cabo de 10 días para hacer reparaciones porque las inmensas olas inundaron la batería alojada en uno de los dos espacios bajo cubierta y se desencadenó un incendio. Los siguientes 257 días los pasaron en altamar, unos tres meses más de lo que habían calculado inicialmente, y solo pararon en dos oportunidades, en Honolulú y en Samoa, para reponer provisiones.

Preparar el viaje de toda una vida

Aunque las seis mujeres de la tripulación sin timonel lograron lo que nunca nadie había conseguido antes, remar en el océano más grande del mundo, de alguna manera ellas consideraron que su viaje no fue nada excepcional. “Cada una ya tiene su propio Pacífico para cruzar,” les gusta admitir. Como parte de su misión de ayudar a mujeres que enfrentan momentos sumamente difíciles, el equipo hizo de su expedición un medio para recaudar fondos para dos instituciones de caridad británicas: Breast Cancer Care (para la atención del cáncer de mama) y “Walking With The Wounded” (Caminando con los heridos) para asistir a militares heridas en combate. Hasta el presente han recaudado más de $75,000.

Llegar al punto de partida fue casi tan difícil como el viaje en sí. Tardamos casi cuatro años en preparar toda la logística, encontrar patrocinadores, desarrollar un plan de marketing y ocuparnos de todos los temas legales. “Yo era verdaderamente ingenua en cuanto a la magnitud de todo esto,” dice la líder de la tripulación, Laura Penhaul. “Fue como poner en marcha una microempresa.”

Hubo meses de entrenamiento sin descanso, incluyendo un ejercicio en el que las mujeres remaban 48 horas seguidas para probar su resistencia. También trabajaron con el psicólogo deportivo Keith Goddard, quien las entrenó en técnicas de atención plena y terapias cognitivo-conductuales para mantener una fuerte salud mental y emocional durante toda la travesía, y funcionar bien como equipo. Keith también les brindó orientación para que reafirmaran los valores de equipo. Y finalmente se identificaron con el nombre “Espíritu” por el acrónimo en inglés S.P.I.R.I.T., formado por las palabras fortaleza, persevarancia, integridad, resiliencia, inspiración y confianza (del inglés, strength, perseverance, integrity, resilience, inspiration y trust.)

Escucha nuestro podcast LiveHappyNow con Natalia Cohen.

Poner la capacidad a prueba

Durante la travesía, el Pacífico fue fiel a su reputación de ser el océano más difícil de cruzar del mundo. Doris fue fuertemente golpeada por olas de cuatro pisos de altura e incesantes lluvias mientras las mujeres, permanentemente amarradas al bote, no dejaban de remar.

En cubierta soportaron temperaturas de hasta 110 grados Farenheit. Un día Laura recibió un fuerte golpe en la cabeza de un pez volador que la dejó casi inconsciente. Cuando el equipo llegó al ecuador, más precisamente a la zona conocida por los marineros como del ‘estancamiento’, las corrientes comenzaron a jugarles en contra y se encontraron durante días remando hacia atrás.

Si la madre naturaleza planteaba retos, las condiciones de vida también. El equipo remó por parejas, en turnos seguidos cada dos horas, las venticuatro horas y solo dormían 90 minutos cada vez. Para las cuestiones del baño, las mujeres utilizaron una técnica que describen como “primero, al cubo y luego, lo arrojas.”

Dormían en dos estrechas cabinas del bote, que no eran más grandes que una tienda de campaña para dos personas. La privacidad era imposible. A veces los ánimos se caldeaban, especialmente una vez, que tuvieron una fuerte discusión por un paquete de fideos instantáneos. No es ninguna casualidad que esta sea una travesía que pocos deciden hacer. El 25 de enero de 2016 el equipo finalmente llegó a destino en Marina Marlin, Cairns, Australia y tras remar 8,446 millas en aguas totalmente convulsionadas, habían batido dos récords mundiales. Fue el primer equipo de seis personas y la primera vez que una tripulación formada sólo por mujeres cruzaba el Océano Pacífico.

Superar los límites

Pero más importante que haber batido aquellos récords, la tripulación sin timonel había logrado alcanzar sus metas personales de probarse a sí mismas y superar sus propios límites. Para Laura, significó aprender a valorar su inmenso abanico de emociones. “Yo creía que todo líder tenía que ser alguien verdaderamente estoico.” Pero en los primeros 10 días de viaje se encontró seriamente mareada como para poder ocultar su angustia. “Toda la travesía ha puesto en evidencia la fortaleza de expresar tus sentimientos,” dice Laura. “Exponerte ante tu grupo te acerca más aún y permite que las demás personas puedan apoyarte tanto como tú las apoyas.”

A pesar de las enfermedades y del agotamiento, ninguna de nosotras nunca dejó de remar en su turno durante toda la travesía. “Sacamos fuerzas unas de otras,” recuerda Laura, “nos cuidamos mutuamente cuando nos sentimos mal, nos infundimos buen humor para seguir adelante y nos permitimos compartir y liberar todas nuestras emociones.” Cuando las heridas de las manos y nalgas causaban dolor al remar o cuando era difícil mantenerse despierta en medio de la noche, las compañeras de equipo se distraían unas a otras durante su turno cantando canciones o contando adivinanzas, recordando sus novelas o películas favoritas, o compartiendo sus historias de vida. “Rara vez tienes el tiempo y la oportunidad de escuchar a las personas con tanta atención,” dice Natalia, “pero en el océano, fuimos realmente capaces de escuchar y ser escuchadas.”

Documentar la travesía

En medio de las dificultades del viaje, las mujeres no dejaron de escribir habitualmente el blog y llevaban un diario grabado en video para la reconocida cineasta Sarah Moshman, ganadora de un premio Emmy, en cuya filmografía se encuentra The Empowerment Project: Ordinary Women Doing Extraordinary Things (Proyecto de fortalecimiento: mujeres comunes que hacen cosas fuera de lo común). Sarah, que había entregado a las mujeres las cámaras y los discos duros, actualmente se encuentra abocada a la realización de un documental sobre la travesía llamado Losing Sight of Shore (Perder de vista la costa). El título resume una frase de Cristóbal Colón y se convirtió en el himno de estas mujeres: “Nunca podrás cruzar el océano a menos que tengas el coraje de perder de vista la costa.”

Diez días antes de completar su travesía, la tripulación tuvo tierra a la vista. Emma había logrado dormirse en una cabina “insoportablemente calurosa” cuando Natalia abrió la escotilla y la llamó porque ya era su turno. “Me duelen las heridas producidas por la sal en mis nalgas, la sal que tiene mi ropa me causa picazón y no logro encontrar una forma cómoda para sentarme,” escribió Emma en el blog. “A pesar de eso detrás nuestro el sol se pone dejando un resplandor de fuego naranja y por delante, veo el cielo rosado que resplandece en compañía de nubes grises. La belleza aún me deja sin aliento y de repente, ya no siento tanta prisa por llegar a tierra firme.”

Para conocer más sobre la tripulación sin timonel “Coxless Crew” y su incesante labor por recaudar fondos y ayudar a crear conciencia por las causas en pro de la mujer, visita coxlesscrew.com.


Shelley Levitt es colaboradora de contenido para la revista Live Happy.

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