Aprender a progresar a partir de la experiencia postraumática

Mujer abriendo los brazos en lo alto de una colina.

Yulia Grigoryeva/Shutterstock.com

Después de una infancia traumática, seis lecciones importantes nos abren el camino a una vida mejor.

Recuerdo muy bien ese día. Yo era adolescente. Todos estaban durmiendo en casa y pensé, “Crecer de este modo me ha lastimado. Aún no conozco la manera pero necesito ayuda para que esto no me afecte el resto de mi vida.” A partir de entonces me hice la promesa de vivir de forma distinta a la que mis padres nos habían criado a mi hermana y a mí. Conmigo terminaría aquel ciclo de maltrato verbal y psicológico que mis padres nos habían hecho vivir, a causa de las experiencias dolorosas que ellos vivieron en sus propias infancias.

En esa época yo ni siquiera sabía que era fuerte. Me sentía perdida, como en un precipicio sin fondo. No tenía cimientos positivos para comenzar mi vida. Y usaba las percepciones que los demás tenían de mí para saber cómo me sentía conmigo misma.

Una infancia caótica

Siendo una persona a la que siempre le gusta entender las cosas, yo no podía comprender por qué mis padres nos maltrataban tanto después de todo lo que sufrieron para poder adoptarnos a mi hermana y a mí cuando apenas teníamos seis años, y sólo para terminar tratándonos como lo hicieron. Nuestra niñez fue impredecible y aterradora. El alcoholismo de mi madre la convertía en alguien que me despreciaba y me lo hacía saber. Habitualmente me decía que yo era “estúpida.”

Hablaba barbaridades de mi hermana y de mí con gran dificultad para decir algunas palabras y caminar. Cuando mi padre llegaba de trabajar, ella se ponía maquillaje y delante de él, fingía estar bien. Y al rato, comenzaban a pelear. Peor aún, mi padre simulaba que nada de eso estaba ocurriendo y jamás nos ayudó. Mi hermana y yo nunca sabíamos con qué nos encontraríamos al descender del autobús y caminar hasta casa. De vez en cuando, mamá cerraba con llave y nos dejaba afuera.

El entendimiento transformador

Yo debo haber sido una joven muy consciente de mis propias acciones porque, en algún momento, les dije a mis padres que necesitaba ver un psicólogo. Dijeron que la mala genética era culpable de mis problemas pero finalmente accedieron a que yo fuese a terapia. Mi primer psicólogo me ayudó a ver que el problema en esa situación no era yo. Cuando llegó el momento de dejar mi hogar para ir a la universidad, me sentí liberada y segura, aunque todavía estaba emocionalmente quebrada. Me dediqué a captar la atención de los hombres, como una manera de sentirme fuerte y así escapar de mi dolor. Me comporté de manera impulsiva y descontrolada, en cierta forma recreando inconscientemente aquellas ráfagas de adrenalina de mi turbulenta infancia.

Tenía 24 años y estaba viviendo en Ohio cuando encontré al psicólogo Gary Sarver, que cambió mi vida para siempre. Naturalmente, él siempre dijo “Tú has cambiado tu vida.” Con psicoterapia de diálogo, el Dr. Sarver me ayudó a comprender y procesar todo lo que había vivido. Hacer terapia con el Dr. Sarver todos los miércoles a la tarde fue una forma de recuperar mi crianza. Al proceso le atribuyo el haber podido transformar aquella traumática niñez en combustible para mi fortaleza interior, un fuerte sentido de identidad y la determinación que me impulsaría a llevar una vida plena y feliz. A los 47 años, su sabiduría aún me acompaña, siendo hoy una mujer felizmente casada y madre de dos hermosas gemelas.

El crecimiento postraumático

No hace mucho aprendí que lo que viví a los 24 años tiene un nombre: se llama crecimiento postraumático (PTG). A partir del sufrimiento o del trauma, las investigaciones han revelado que mucha gente se recupera con mucha más determinación para desarrollar una vida más significativa. El término crecimiento postraumático (o PTG, del inglés) fue acuñado por los psicólogos Richard Tedeschi y Lawrence Calhoun de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte, mientras trabajaban con un grupo de padres desconsolados. Ellos constataron que las personas que habían sufrido enormes pérdidas parecían recuperarse con un renovado espíritu de “activismo, comprensión y altruismo.”

“A partir de una pérdida muchas veces hay mejoras, que pueden ser muy extremas.” En el artículo “La ciencia del crecimiento postraumático” publicado por Live Happy, Lawrence Calhoun explica que “una enorme crisis muchas veces puede cambiar a la gente para mejor.”

Yo creo que la psicoterapia de diálogo facilita el crecimiento postraumático. Para quien haya sufrido malos tratos en la infancia o una tragedia, la psicoterapia de diálogo bien llevada puede tomar el dolor y convertirlo en fortaleza para prosperar. Estas son seis de las enseñanzas más importantes que aprendí en terapia y que han impulsado mi propio crecimiento postraumático.

1. Prueba todo.

Suena simple pero en aquel momento, yo estaba atascada. Tenía un título universitario y quería ser escritora o periodista, pero trabajaba de ayudante administrativa y camarera. Me angustiaba ser realmente estúpida y fracasar. La imagen que tenía de mí misma era la de un contenedor de basura. Intentar cosas o asumir riesgos es necesario para conseguir una vida digna. Todo lo bueno está del otro lado de eso que te aterra hacer. Debes arriesgarte para llegar allí.

2. Eres tu crítica más acérrima.

De mis padres aprendí a criticar y dentro de mi cabeza me atacaba a mí misma verbalmente. No pensaba, “Bueno, fallé en eso.” Por el contrario, mis reflexiones enfermizas eran “Soy un fracaso total.” El Dr. Sarver me ayudó a comprender la autocompasión, algo de lo que yo jamás había oído hablar. Cuando comienzas a tratarte como un buen amigo, la vida se transforma.

3. Deja de intentar agradarle a todo el mundo.

Yo era ese tipo de personas que intenta agradar a la gente todo el tiempo, a punto tal que dejé de ser yo misma: fingía estar bien cuando no lo estaba y no podía expresar auténticamente mis emociones. Haber crecido tratando de mantener la paz fue sin dudas una estrategia de supervivencia pero de adulta, eso me convirtió en el tapete de entrada. Estaba sentada en mis emociones e indignación. Tuve que aprender a expresarme de manera sincera y, como decía el Dr. Sarver, “estaba bien sentirme incómoda con quienes se enojaban conmigo.”

4. Tienes tantas respuestas como cualquier otra persona.

Yo tenía la tendencia a creer que todos los que me rodeaban eran adultos exitosos y que yo era una criatura que andaba a tientas. Idealizaba a los demás y pensaba que tenían respuestas para todo. Tenía citas con hombres que eran una réplica de mi infancia en lugar de hacerme cargo de estar sola. La terapia de diálogo me enseñó a creer en mí misma y a valorar mi propia compañía.

5. Te sucederán cosas buenas y malas; ese es el cauce normal de la vida.

El temor a la siguiente cosa mala que puede pasar (a estar viviendo bajo un “manto de oscuridad”) puede inmovilizarte, pero nadie puede vivir una vida plena desde la clandestinidad. Recuerda que no eres una maldita y prefiere dar el paso aterrador sobre la inacción.

6. Al final, debes rescatarte.

Esta fue la lección más difícil de aprender. De un modo u otro pensé que mis padres verían la luz, se disculparían conmigo y todos viviríamos felices como familia para siempre. Pero el Dr. Sarver dijo, “Eso no va a ocurrir.” Algunas veces las personas no son capaces de ser quienes nosotros necesitamos que sean. Aceptar y perdonar fueron las dos cosas más difíciles de mi psicoterapia pero al mismo tiempo, las más fortalecedoras. Me di cuenta que emocionalmente podemos darnos todo lo que necesitamos. Podemos dejar de buscarlo en la gente que nos hizo daño. Ese entendimiento fue emocionalmente liberador.

Cada día que pasa siento una sensación de paz y felicidad sabiendo que mi niñez se encuentra en el pasado distante. Haber transitado una infancia dolorosa me permite hoy apreciar cada minuto de mi vida adulta. Me encanta saber que tengo la libertad de crear mi entorno y elegir las personas que lo integran. Disfruto una inmensa sensación de alegría del saber finalmente que soy fuerte. Lo que más feliz me hace es saber que, al fin de cuentas, fui yo quien hizo el trabajo pesado para poner fin al ciclo de maltrato y construir un hogar feliz para mi familia.


Sandra Bilbray es colaboradora habitual de Live Happy y directora ejecutiva y titular de themediaconcierge.net.

Traducción: Pat Melgar

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