Encuentro con el Papa Francisco

Papa Francisco

Giulio Napolitano/Shutterstock.com

Ver al Papa se convierte en una lección en la ciencia de la elevación.

Avanzando lentamente a pie hasta el bulevar, codo a codo con miles de fieles, para asistir en el mes de septiembre a una misa al aire libre con el Papa Francisco, durante su visita en Filadelfia, apenas podía ver frente a mí. Mis ojos se llenaron de lágrimas por la inmensa sensación de conexión y alegría que sentía mientras caminaba junto a cientos de miles de peregrinos de todo el mundo.

Mis compañeras habían llegado de lugares tan lejanos como Etiopía, México y China. Y aunque apenas algunos momentos antes habíamos sido simples desconocidas, la fuerza de esa experiencia común—que también me hacía sentir más cercana a mi propia familia—pronto hizo que nos sintiéramos como amigas muy queridas.

Me siento absolutamente bendecida por haber podido asistir a los tres encuentros públicos con el Papa Francisco durante su visita de fin de semana a Filadelfia. Lágrimas de júbilo corrieron por mi rostro cada vez que lo vi, escuché sus palabras y lo miré interactuar gentilmente entre la multitud. Muchos respondían de manera similar y también parecían estar profundamente conmovidos.

¿Qué estaba ocurriendo exactamente?

El efecto de la elevación

Jonathan Haidt, psicólogo social de la Universidad de Nueva York y autor de La hipótesis de la felicidad [The Happiness Hypothesis], diría que estábamos experimentando un sentimiento de “elevación,” que define como “la respuesta emocional que se da al presenciar la belleza moral en otros.” Explica que “cuando vemos actos de belleza moral—como la generosidad, la lealtad, la valentía—sentimos emociones muy profundas, se nos hace un nudo en la garganta y lloramos.”

Jonathan también indica que la gente dice sentirse motivada a ser más virtuosa—como una mejor versión de sí misma cuando se encuentra en proceso de elevación. En efecto, mientras yo contemplaba al Papa, percibí que la multitud estaba increíblemente pacífica y que todos parecíamos ser la mejor versión de nosotros mismos, compartiendo nuestra comida con un extraño, ayudando a levantar un carrito de niños o una silla de ruedas para que pase por encima de un bloqueo sobre la calle o repartiendo cuidadosamente botellas de agua entre la multitud.

Junto a miles de personas pude ver al Papa Francisco recorrer las calles a bordo del papamóvil descapotado, acercarse a la gente para bendecirla, besar a los bebés y reconfortar a los enfermos. Durante el fin de semana que estuvo aquí abundaron también las cautivantes imágenes mediáticas del Papa reuniéndose con personas sin hogar, lavando los pies de los presos y repartiendo abrazos entre los excluidos de la sociedad, reflejando su inagotable bondad y humildad.

Exaltación versus elevación

A pesar de que alguien pueda ver al Papa Francisco como una especie de “estrella de rock”, la sensación en estos eventos fue totalmente diferente a la de los conciertos de rock que yo asistí en mi adolescencia. Aquí no hubo esa energía hiperfrenética tan habitual en los conciertos, que muchas veces termina en heridas producidas por danzas salvajes de personas que se golpean unas a otras y que arremeten contra el escenario. Por el contrario, el evidente entusiasmo por el Pontífice se mostraba moderado y muy estimulante por dentro—del tipo de intensa emoción que no te hace saltar de frenesí sino más bien abrazar a tus seres queridos.

En un determinado momento, mientras corría tras el papamóvil en un intento por tomar un primer plano, recuerdo que pensé que podía quedar aplastada por la enorme multitud. Sin embargo, fue todo lo contrario. Alguien me tomó del brazo por accidente e inmediatamente se disculpó y comprobé que estaba todo bien.

Oxitocina, la “droga del amor”

Una vez más, la respuesta de la multitud se puede explicar a través de la ciencia de las emociones morales. “La elevación despierta sensaciones de cordialidad y de afecto en las que participa la oxitocina, que es un vínculo tranquilizante,” afirma Jonathan. En lugar de hacerla entrar en acción, esta hormona hace que la gente se sienta tranquila, en paz. No obstante, muchas veces la gente confunde elevación con exaltación o frenesí.

Mucha gente cree que la felicidad es como una emoción desbordante, de saltos eufóricos y otros la ven más como un estado de dicha y serenidad. Aunque ninguna sea incorrecta, y ambos tipos de emociones produzcan satisfacción en el momento, ambas nociones de felicidad son muy diferentes. Yo descubrí que la exaltación parece un tanto superficial y efímera mientras que la elevación es más profunda y duradera.

Si bien el hecho de saltar de alegría (como tantas veces he saltado en los conciertos) en un puro estado de exaltación o frenesí despierta placer momentáneo, prefiero tener cerca a mis seres queridos cuando, un día cualquiera de la semana, tenemos la oportunidad de ver a uno de los líderes espirituales más grandes del mundo.


Suzann Pileggi Pawelski es colaboradora habitual de Live Happy, especialista en la ciencia del bienestar.

Traducción: Pat Melgar

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