El progreso del peregrino

Peregrino en el Camino de Santiago

Gena Melendrez/Shutterstock.com

Usa el poder de la psicología positiva para superar límites preconcebidos.

Con ansias de llegar a mi destino, me adelanté a mi grupo trepando pronunciadas pendientes bajo el calor abrasador del sol que quemaba mi cuerpo agobiado. Sudando copiosamente, me dí cuenta que mis reservas de agua estaban disminuyendo y comencé a inquietarme. ¿Me quedaría sin agua? ¿Me daría insolación y comenzaría a vagar delirando de fiebre?
 
“¡Basta!” Me dije, consciente de tener la opción de elegir qué camino mental seguir: la vía de escape de este pensamiento negativo. Respiré lenta y profundamente, intentando poner “las cosas en perspectiva” para aprovechar mi reciente capacitación en resiliencia. Después giré el centro de mi atención a lo mejor que podría ocurrir y me concentré en el desenlace más probable. Este ejercicio de relajación me ayudó a darme cuenta de que sólo estaba viendo todo como una gran catástrofe.
 
Nada justificaba el miedo de enfrentarme a una muerte inesperada. Me había preparado mucho y ya había logrado sobrevivir al intenso calor con poca agua anteriormente. No había razón para no poder superar este reto.
 
Con la mente más despejada, evalué mis opciones. Decidí continuar avanzando pues aún me quedaban fuerzas y no estaba segura si el grupo se encontraba justo detrás de mí o si tenían agua para compartir. Racioné lo que me quedaba de agua y continué avanzando con mucha dificultad. Dos horas más tarde me encontraba en el primer albergue (hostel), exhausta y deshidratada, pero con una inmensa sensación de logro. Todo eso y apenas era el primer día de mi peregrinaje.

Encarando desafíos

En el verano de 2009, me invitaron a recorrer más de 100 millas del Camino de Santiago, una ruta con siglos de antigüedad que serpentea pintorescas aldeas europeas hasta el santuario del apóstol Santiago, en Santiago al noroeste de España. Como preparación para la caminata, escalé las Green Mountains en Vermont para aclimatar mi cuerpo y leí el libro El Peregrino de Paulo Coelho para comenzar a darle forma a mis expectativas.

Si bien me encontraba físicamente preparada, no había tenido en cuenta la enorme carga mental que implicaría el viaje, por lo que me sentí especialmente afortunada de haber terminado mi reciente maestría en psicología positiva aplicada en la Universidad de Pensilvania, que eventualmente podía poner en práctica.

La psicología positiva surgió como especialidad en la Universidad de Pensilvania en 1998, siendo su principal referente el Lic. Martin Seligman. Por aquel entonces, Martin era el presidente de la American Psychological Association (Asociación Estadounidense de Psicología). La psicología positiva es el estudio científico de las fortalezas con el fin de facilitar el desarrollo de los individuos y las comunidades. Celebra lo bueno y hace hincapié en el poder escoger la prosperidad para vivir nuestras mejores vidas posibles.

Ese entrenamiento mental resultó indispensable durante la caminata. En promedio, caminamos 10 horas diarias todos los días, durante aproximadamente una semana. Yo recorrí más de 100 millas: el equivalente a cuatro maratones… ¡en sólo seis días! Sin mencionar el peso de la bolsa con más de 30 libras, a pesar de las sugerencias específicas en contra, que cargué sobre mi espalda.

El primer día al partir de Ponte de Lima, la ciudad más antigua de Portugal, me emocioné mucho al ver la primera flecha amarilla indicando nuestro punto de largada. Mi grupo inventó un juego para ver quién podía encontrar primero las siguientes flechas amarillas. Las podríamos encontrar pintadas en indicaciones sobre los árboles, pegadas sobre señales del camino, encaramadas en lo alto por encima de nuestras cabezas e impresas en bellas fachadas con siglos de antigüedad.

Aquellas flechas de color amarillo vivo nos guiaban por la senda correcta, conduciéndonos como un pastor de ovejas hasta el Camino de Santiago, tal como lo han hecho tantos millones de peregrinos durante siglos. Muchas veces sentí el temor de tomar una curva equivocada y perderme. Cada vez que empezaba a buscar frenéticamente la siguiente flecha por calles empedradas, caminos de tierra y senderos boscosos, mágicamente aparecía la nueva señal amarilla, que me aseguraba el buen rumbo.

Implementación de la psicología positiva

Aunque no tengamos las flechas amarillas que nos señalen el camino, la psicología positiva nos brinda una importante orientación sobre qué caminos mentales elegir. Este recorrido maratónico fue un ejemplo de la vida real de cómo pude escoger pensamientos y acciones más saludables en lugar de revolcarme en un penoso estado de desamparo, abatida por tantas emociones negativas.

Los primeros dos días, “entramos en calor” caminando unas 16 millas al día. Al tercer día, recorrimos 25 millas, y al día siguiente unas 35 millas más, y fue entonces cuando casi me estrello contra un muro. En la última hora de aquel día, me dolían absolutamente todos los músculos de las piernas, y sentí espasmos en los pies. Para empeorar las cosas, ese día comenzó a llover. Fuerte. Como estaba tan exhausta para detenerme ni siquiera un momento (si lo hacía, no iba a poder continuar), dejé mi impermeable para lluvia en la bolsa y continué arrastrando mis pies bajo la intensa lluvia que batía sobre mi cuerpo extenuado.

Comencé a darme por vencida. Llegué a guardar resentimiento por mis compañeros de travesía, por haber planeado una caminata tan irracionalmente larga (¡35 millas!). De pronto, me detuve en seco. Ese instante fue decisivo. Podía soltar las riendas y caer en el espiral de la negatividad o bien, cambiar de pensamiento y hacer algo positivo en el momento. ¡Ajá! Me dí cuenta que podía elegir.

Focalizar en lo positivo

Desvié mi atención desde el punzante dolor en mis piernas hacia las bonitas flores de los viñedos que me rodeaban. Al ampliar mi perspectiva, pude maravillarme con la imponente belleza de la naturaleza. Busqué mi cámara y comencé a tomar fotos de las flores. Pronto comencé a notar, cada vez más, bellas y delicadas flores que parecían surgir “de la nada”: y allí estaban ellas, esbeltas y elegantes flores lilas, púrpuras o moradas meciéndose al viento junto a unas diminutas flores blancas y simples, de delicados pétalos. Al enfocar en ellas con mi cámara, lentamente se transformaban en modelos sublimemente elaborados. Cuando logré centrarme, la positividad apareció en primer plano y el dolor comenzó a desaparecer. La belleza de esto es que podemos decidir qué mirar.

También comencé a saborear por anticipado, otro concepto de la psicología positiva, la tibia ducha que me aguardaba cuando regresara al albergue. Estaba ansiosa por saborear el fino vino albariño y la espléndida comida de canelones rellenos con champiñones, brócoli salteado y chiles verdes especialmente preparada por el “Chef” Delvino, como llamábamos cariñosamente a uno de nuestros compañeros peregrinos, por su habilidad para preparar platos exquisitos con pocos y simples ingredientes. Y en el iPod escuché también mi música clásica favorita, como la “Oda a la Alegría” de Beethoven y “Eine Kleine Nachtmusik” de Mozart para mejorar mis emociones positivas durante las ocasiones particularmente desafiantes del recorrido.

También me volví a replantear como una experiencia positiva todo lo que estaba ocurriendo. Ya no seguí viendo a la tormenta como un incordio sino más bien como una agradable satisfacción, que se revelaba a través de la fresca lluvia que calmaba mi cuerpo dolorido y sofocado de calor.

¡Funcionó! No sólo logré completar la última hora del día más difícil de todo el recorrido sino que además conseguí armarme de suficiente valor para sobrellevar la caminata de 20 millas del día siguiente, y las 10 millas del tramo final hasta Santiago, en el sexto día. Todos mis amigos portugueses y compañeros de peregrinación se abrazaron unos a otros y compartieron lágrimas de alegría por haber alcanzado nuestra meta de transitar el largo y laborioso Camino de Santiago.

Fue una de las experiencias físicas, mentales y espirituales más gratificantes de toda mi vida. Descubrí cuánta fortaleza tengo sin aprovechar. Por muy difícil que parezca una situación siempre tenemos la opción de elegir cómo reaccionar, responder y sentir. Me dí cuenta de qué manera las elecciones positivas nos ayudan a impulsarnos más allá de nuestras limitaciones preconcebidas, haciéndonos más fuertes de lo que jamás hubiéramos podido imaginar.

Lo que aprendí en el camino

Durante mis días de peregrinaje aprendí muchas lecciones de vida que aún hoy siguen apareciendo en mi vida. Como “maximizador de cavilaciones anticipadas” (overthinking-anticipating-maximizer) es la expresión que acuñé para describir el modo en que había vivido por costumbre casi toda mi vida. La frase refleja una manera de pensar y un estilo conductual que no siempre me han resultado útiles. Hoy me doy cuenta que este patrón de vida ritualizado no está grabado en la piedra. Por el contrario, se compone de hábitos que adquirí, que puedo desaprender reemplazándolos por otros más saludables. Si bien requiere práctica, es algo que puedo cambiar, y que resulta en un mejor estado de ánimo.

Permíteme analizar cada una de las tres palabras que han definido mi conducta hasta el momento:

Cavilaciones. Suelo pensar rápidamente y por demás, lo que puede ser tóxico. En lugar de avanzar dando pasos simples y consecutivos, mi mente viaja con tanta velocidad que muchas veces cambia de dirección bruscamente, lo que me hace emprender un arduo camino. Me dí cuenta de que esta carrera mental diaria autoimpuesta me deja exhausta, mucho más que cualquier otra carrera física que pudiera correr. Y habitualmente anhelo tomarme unas “vacaciones mentales.” La excursión me ha enseñado a ir más despacio y a centrarme en dar un paso a la vez. La práctica de estas técnicas me ayuda a domesticar mis pensamientos descontrolados y experimento un estado de ánimo más calmo y mejor calidad de vida.

Anticipación. Por ser de naturaleza activa con tendencia a la anticipación, me entusiasmo fácilmente ante las oportunidades que se vayan presentando y el giro prometedor de los acontecimientos. Al mismo tiempo, esta preocupación centrada en el futuro desata una ansiedad innecesaria al confrontar un territorio inexplorado. Muchas veces me encuentro atrapada en hipótesis negativas. ¿Qué pasaría si me quedo sin agua? ¿Qué pasaría si me pierdo? ¿Qué pasaría si disminuye el dolor punzante del dedo? Recorrer el Camino me ayudó a redirigir mi atención a aquello que podría hacer ahora, en este momento. Aún más, mantener los pies en el presente mientras me deleito saboreando el momento desató mi capacidad de asombro. Hoy, cuando mi mente comienza a perder el control, me pregunto, “¿cuál es la cosa positiva más pequeña que puedo hacer ahora y que puede lograr la mayor repercusión de forma inmediata?” Recordarme que tengo la posibilidad de elegir me ayuda a evitar caer en trampas de pensamientos negativos.

Maximizador. Siempre me he jactado de ser la mejor. Tras muchas conversaciones con el psicólogo Barry Schwartz analizando su destacada investigación, aprendí que este enorme afán por conseguir lo mejor me convierte en una persona “maximizadora” en lugar de “satisfacedora” que le alcanza con ser suficientemente buena. Cuando me aconsejaron regular mi propio ritmo el primer día en el Camino, no era algo suficientemente bueno para mí. No me conformaba con llegar simplemente a Santiago: yo tenía que llegar primera… y en tiempo récord. Entonces, ¿qué hice? Corrí… ¡cuesta arriba! Correr delante de mis compañeros con todas mis fuerzas no sólo me destruyó, sino que también me quitó oportunidades de entablar vínculos personales (por no mencionar lo de compartir el agua).

Saborear la vida

Ocho años más tarde, como esposa y madre de una dulce criatura de 6 años, me encuentro viviendo una vida totalmente distinta a la de aquella soltera neoyorquina, de espíritu libre y aventurero que una vez se dirigió a Santiago. Sin embargo, las lecciones imborrables que aprendí en cuanto a la importancia de ir más despacio, disfrutar el presente y simplificar, aún siguen marcando mi modo de vida actual. Habiendo sido una especie de correcaminos, alguien que camina, dice y piensa todo a gran velocidad, hoy practico la desaceleración en mi ritmo cotidiano (para deleite de mi esposo-filósofo con la mente más deliberada que conozco), y disfruto instantes más significativos con los pies en el presente.

Para afianzar aún más estos hábitos, recientemente terminé junto a mi esposo un curso de ocho semanas para controlar el estrés basado en la atención plena, impartido por Michael Baime, director del Penn Program for Mindfulness. Hoy doy pasos más intencionados para realizar solamente lo esencial de cada día, en lugar de acarrear lamentos del pasado o preocupaciones del mañana. Y con una carga más liviana estoy en mejores condiciones de centrar mi atención en las opciones y las personas de mayor importancia para mí, como mi esposo y mi hijo. Recordándome continuamente que, al igual que el Camino de Santiago, la vida no es un destino sino un viaje para disfrutar.


Suzann Pileggi Pawelski tiene una maestría en psicología positiva aplicada por la Universidad de Pensilvania y es colaboradora habitual de Live Happy. Su primer libro, Happy Together: Using the Science of Positive Psychology to Build Love That Lasts, escrito con su esposo, el Dr. James Pawelski, será publicado en enero de 2018.

Traducción: Pat Melgar

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