¿Pueden coexistir el talento y la felicidad?

el talento y la felicidad

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Explorando el mito del genio atormentado.

Si has visto la película The Imitation Game sobre el mítico matemático Alan Turing, o A Beautiful Mind sobre John Nash, el economista ganador del premio Nobel, ciertos relatos sobre genios te resultarán familiares. En la antigüedad se pensaba que los genios eran seres solitarios, atormentados y antisociales. Es más, también podían ser inestables, con frecuencia locos e invariablemente incomprendidos.

Otros ejemplos también siguen ese guión de almas atormentadas: Vincent Van Gogh, Virginia Woolf, Ernest Hemingway y Sylvia Plath, son algunos que nos vienen a la mente.

Un concepto profundamente arraigado

Sin embargo resulta que esa visión, no del todo infundada, responde a antiguos prejuicios históricos muy arraigados. Ya en la época de los antiguos griegos, Platón creía que los poetas y los profetas eran presas de la inspiración divina: una especie de locura provocada por el dios o la musa que los poseía.

En cambio, la visión aristotélica era totalmente distinta: el más eximio talento (en nuestro contexto, el concepto de genio) tenía sus raíces en una cierta condición fisiológica, causada por un elevado nivel de “bilis negra” en el cuerpo. Y si bien le otorgaba facultades especiales, también tenía un costo. En griego, bilis negra se dice melan ochre, raíz de nuestra palabra melancolía. Así pues, los genios al parecer tuvieron tendencia a la depresión, el nerviosismo y el sufrimiento mental.

Poseídos… por demonios o ángeles

Estas antiguas relaciones existen desde tiempos inmemoriales, modificadas por los cristianos que veían demonios en los “poseídos” como en Fausto, o veían la obra de Dios en el poder de los grandes hombres como “Miguel Ángel” (Michelangelo).

Y aún cuando algunos genios indudablemente puedan sufrir enfermedades mentales no implica que su “genialidad” sea la causa o una correlación necesaria: genialidad y locura son lo mismo.

Coeficiente intelectual alto y estabilidad emocional

Sin embargo, fue a principios del siglo XX cuando el psicólogo de Stanford, Lewis Terman, investigó las vidas y costumbres de los niños excepcionalmente inteligentes (cuyos CI se situaban por encima del umbral mínimo de 140) y descubrió que crecían con una altura, salud y soltura social superior a la media, disipando de ese modo el mito de que los “pequeños genios” crecían necesariamente siendo inválidos o inadaptados.

Dos cabezas piensan mejor que una

En nuestros días, los autores e investigadores que analizan la creatividad e inteligencia han destacado la importancia de las interacciones sociales que sostienen tanto talento creativo. Hablan de dinámica de grupo, sabiduría de las multitudes y genialidad de pares, destacando cómo ciertas personas como John Lennon y Paul McCartney o Pierre y Marie Curie hicieron juntas lo que no podrían haber hecho solas.

El genio solitario, al igual que el genio loco, ya no es más que una fábula. Según el autor Steven Johnson, la norma es la genialidad “interconectada”. Así pues una figura como Edison no descubrió la bombilla solo y Steve Jobs tampoco inventó la computadora. En cambio,“resolvieron cómo armar equipos creativos.” La genialidad de estos hombres fue claramente social.

¿Correlación o causalidad?

Ahora bien, parece que existe alguna prueba en cuanto a que ciertos tipos de inteligencia, como la gran destreza matemática o la brillantez poética, podrían correlacionarse con una probabilidad mayor de encontrarse dentro del espectro autista o la esquizofrenia. Pero una vez más, como siempre aseveran los estadísticos, la correlación y la causa son cuestiones distintas.

Las flores de Matisse

No es necesario hacer muchos cálculos para que exista el mito. Existen numerosos casos de genialidad social, de genios que valoran el lado positivo de la vida y que en definitiva, han concluido como Louis Armstrong que el mundo es maravilloso. Hasta el célebre filósofo Ludwig Wittgenstein, famoso por su personalidad de cascarrabias, dijo en su lecho de muerte, “Cuéntales que mi vida fue magnífica.” ¿Acaso Charles Darwin fue un alma atormentada o Henri Matisse con sus coloridos lienzos colmados de felicidad? “Siempre hay flores para quienes quieren verlas,” dijo Matisse. Es cierto.

Genio de genios

En definitiva fue Albert Einstein, genio de todos los genios, quien mejor aclaró esta cuestión. Si bien era travieso y un tanto excéntrico, estaba muy lejos de ser una persona solitaria, pesimista o loca. Tenía una cantidad inmensa de amigos y disfrutaba enormemente tanto de su trabajo como de sus pasiones: la música (tocar Mozart en su violín) o la navegación. Einstein alguna vez dijo: “Una mesa, una silla, un plato de fruta y un violín; ¿qué más necesita un hombre para ser feliz?” No hace falta tener un gran talento para concluir que hasta un genio puede reconocer esa gran verdad.


Darrin McMahon es profesor de historia en Dartmouth College, New Hampshire. Divine Fury: A History of Genius (Furia divina: una historia de los genios) es el título de su último libro.

Traducción: Pat Melgar.

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